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Jueves 21/01/2021

Acento andaluz

Los niños no se merecen esto

La calle ya no es la calle que conocieron. El colegio no es el mismo en el que aprendían y socializaban. No pueden jugar como antes porque están vetadas...

Publicado: 27/09/2020 ·
23:16
· Actualizado: 27/09/2020 · 23:16
Autor

Fernando Pérez Monguió

Presentador de 'Acento Andaluz' en 7 Televisión y jefe de informativos de la Cadena SER Andalucía

Acento andaluz

Fernando Pérez Monguió analiza en este espacio la actualidad andaluza, con fibra progresista y corazón social

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La calle ya no es la calle que conocieron. El colegio no es el mismo en el que aprendían y socializaban. No pueden jugar como antes porque están vetadas las actividades recreativas en las que haya contacto o roce. De los parques infantiles, piscinas de bolas y cines, ni hablar. Y mucho menos de compartir juguetes, organizar fiestas de pijamas o darse las manos. Las nuevas amistades están limitadas y muchos de los amigos o amigas previos al confinamiento empiezan a ser recuerdos del pasado por la escasa vida social que algunos padres se autoimponen. No hay momento en el que no se les inste, espete o reprenda para no quitarse las mascarillas, no coger cosas del suelo y lavarse las manos a cada instante. Para colmo, a los abuelos los ven y disfrutan a cuentagotas por ser población diana de riesgo.


La vida de los niños y niñas ha cambiado mucho más que la de los adultos. Sencillamente por una mera ecuación temporal. Estos malditos siete meses desde que la pandemia nos atropelló representan una tercera o cuarta parte de las vivencias de estos pequeños, e incluso mucho más porcentualmente si calculamos solo el tiempo de mayor consciencia y entendimiento. Para los adultos, es un paréntesis, igualmente doloroso, pero que representa un pasaje vivencial más pequeño que para los nenes.


No dejo de pensar en que sus vidas son mucho menos felices que antes y siento una profunda pena por la injusticia sobrevenida que están sufriendo los más inocentes. No se lo merecen. No es de recibo que mi hija mayor, de seis años, me pida permiso para “hacer amigas” y no consiga su objetivo porque el ambiente no me inspire confianza o porque la niña a la que se acerque le responda que no pueden jugar porque sus padres no le dejan. No me entra en la cabeza que con su corta edad sepa que es el hidroalcohol y explique con naturalidad que los malos malísimos ya no son los piratas, las brujas, los monstruos o los fantasmas, sino el coronavirus. Y no es admisible que lleven meses sin que les vea un pediatra que ahora atiende a los padres por teléfono.


Sirva la columna de esta semana para homenajear a los más pequeños que nos siguen dando ratos de felicidad, aunque tenga un sentimiento de culpabilidad enorme por no poder devolverle los momentos felices que disfrutaban antes de que en marzo cambiara nuestras vidas y las suyas recién iniciadas, como quien dice. Esto está ocurriendo y qué poco lo están debatiendo los políticos y que poco lo estamos contando los periodistas.

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